El pirata

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Peyrol apagó la lámpara, y al marcharse, cerró la puerta sin hacer el menor ruido. Saber que Scevola andaba por allí no era nada que le agradara, pero supuso que, probablemente, el sans-culotte se habría dormido de nuevo, y que, tras despertarse, se habría levantado para irse a la cama, y Michel lo habría visto entonces. Tenía su propia opinión sobre la psicología del patriota y no creía que las mujeres corriesen peligro. Se acercó, sin embargo, al galpón y oyó el crujido de la paja con la que Michel se preparaba un acomodo.

Debout —le gritó quedamente—. Chist. No hagas ruido. Quiero que vayas a la casa y duermas al pie de la escalera. Si oyes voces, subes, y si ves a Scevola por allí, le dejas sin sentido de un golpe. No le tienes miedo, ¿verdad?

—No, si usted me dice que no se lo tenga —dijo Michel, que recogió sus zapatos, regalo de Peyrol, y se encaminó descalzo a la casa.






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