El pirata

El pirata

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El pirata le vio deslizarse sin ruido por la puerta de la salle. De tal manera custodiada, por así decirlo, su base, descendió por el barranco con mucho cuidado. Cuando alcanzó la hondonada desde la que se veían las puntas de los mástiles de la tartana, se acuclilló y esperó. Ignoraba lo que el prisionero había hecho o estaba haciendo y no quería obstruir su vía de escape. La luna estaba lo suficientemente alta como para reducir las sombras casi a la nada, y todas las rocas se veían inundadas de un resplandor amarillo, mientras que, por contraste, los arbustos parecían muy negros. Decidió que su escondite no era muy bueno. El ininterrumpido silencio terminó por impresionarle. «Se ha ido», pensó. Sin embargo, no estaba seguro. Nadie podría estarlo. Debía hacer una hora que Michel había abandonado la tartana, tiempo suficiente como para que un hombre alcanzara la costa de la caleta, aunque lo hiciera a cuatro patas. Ojalá no le hubiese golpeado tan fuerte. Habría conseguido lo que quería con un golpe la mitad de fuerte. Por lo demás, el comportamiento del prisionero, según lo dicho por Michel, parecía completamente racional. Aquel hombre debía estar muy aturdido. Peyrol se dio cuenta de que le hubiera gustado estar a bordo para animarle, e incluso para prestarle alguna ayuda.




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