El pirata
El pirata Un cañonazo mar adentro le cortó la respiración en medio de sus reflexiones. Un segundo cañonazo, en menos de un minuto, lanzó otra onda de intenso sonido entre las rocas y colinas de la península. El silencio fue tan profundo después, que pareció extenderse hasta el mismísimo centro de la cabeza de Peyrol, sosegando momentáneamente sus pensamientos. Pero había comprendido. Y se dijo que su prisionero preferiría morir antes que desdeñar aquella llamada de su barco. Aunque sólo le quedara vida para mover una pierna, ese poco de vida lo consumiría arrastrándose hasta la costa.
Aquellos dos cañonazos habían sido, en efecto, disparados desde el Amelia. Pasado el cabo Esterel, el capitán Vincent largó el ancla justamente en el lugar conjeturado por Peyrol. El Amelia permaneció desde las seis hasta las nueve con las velas arriadas colgando de sus aparejos. El capitán subió a cubierta poco antes de que se elevara la luna y, tras una corta conferencia con su primer teniente, ordenó al contramaestre que zarpara, arrumbando de nuevo al Petite Passe. Bajó luego a su camarote, y, poco después, corrió la voz por cubierta de que el capitán quería ver al señor Bolt. Cuando éste apareció en el camarote, el capitán Vincent le indicó que se sentara.