El pirata
El pirata Al no recibir respuesta, Scevola permaneció agachado. No detectaba ni el sonido más leve de una respiración. Tanto tiempo permaneció en esa posición, que Symons empezó a sentirse muy interesado. «Debe pensar que aún estoy ahí», se dijo en un susurro. El siguiente movimiento de Scevola fue absolutamente pasmoso. Se colocó a un lado del escotillón de la cámara de popa, y, blandiendo su horrible arma como si fuera un botavante, lanzó un grito espantoso, y siguió gritando en francés con tal facundia, que Symons se quedó empavorecido. Scevola se retiró súbitamente del escotillón, y se quedó como si no supiera qué hacer. Cualquiera que hubiera podido ver entonces la cabeza de Symons, con el rostro vuelto hacia popa, habría visto en él una expresión de horror. «¡Vaya bestia astuta! —pensó—. Si llego a estar ahí abajo, me habría hecho salir con todo ese alboroto y me habría atrapado en la cubierta». Symons experimentó la sensación de encontrarse ante una leve posibilidad de escapatoria que, sin embargo, no le proporcionó mucho consuelo. Todo era cuestión de tiempo. El propósito homicida de aquel tipo era evidente, y no había de pasar mucho tiempo sin que avanzara hacia donde él se encontraba. Symons le vio moverse, y pensó: «Ahí viene», y se preparó para el choque. «Si logro eludir esas malditas púas, le puedo coger por el cuello», meditó. Pero no tenía mucha confianza en sí mismo.