El pirata
El pirata —He decidido desempeñar el papel de portador de mensajes. Como usted mismo dijo, Peyrol, no es posible comprar a un hombre, quiero decir a un hombre honrado. De manera que encuentre usted el barco y déjeme a mà lo demás. En dos o tres dÃas… Está usted bajo la obligación moral de prestarme su tartana.
Peyrol no contestó. Estaba pensando que Réal se habÃa percatado de la señal, si bien resultaba imposible decir si su significado tenÃa que ver con la muerte por inanición o por enfermedad a bordo de un barco prisión inglés, o por cualquier otra causa. Aquel oficial naval no era el hombre en quien pudiera confiar. No podÃa contarle, por ejemplo, la historia de su prisionero y de lo que habÃa hecho con él. La historia resultaba completamente increÃble, por supuesto. El inglés que mandaba aquella corbeta no tenÃa razón visible, concebible o probable para enviar un bote a esa ensenada precisamente. Peyrol mismo encontraba realmente difÃcil dar crédito a lo que habÃa ocurrido. Y pensó: «Si se lo contara, el teniente no pensarÃa sino que soy un viejo bribón en tratos traicioneros con el inglés desde sólo Dios sabe cuánto tiempo hace. Ninguna de mis palabras le persuadirÃa de que todo fue tan inopinado para mà como si la luna se hubiera desprendido del cielo».