El pirata
El pirata —¡Al fin! ¡Al fin! Pero eres un descuidado. Si en vez de estar yo, hubiera estado Scevola en esta habitación, ahora estarías muerto. Le he visto actuar. —El teniente Réal sintió un significativo apretón en la mano, pero le fue imposible verla, aunque percibió su cercanía con todas las fibras de su cuerpo—. Pero no fue ayer —añadió ella en voz baja—. Acércate a la ventana para que pueda verte.
La luz de la luna dibujaba un enorme recuadro en el suelo. El teniente obedeció al tirón como si fuera un crío. La muchacha le cogió la otra mano, que colgaba inerte. Él estaba absolutamente rígido, sin articulaciones, como si ni siquiera fuera consciente de su propia respiración. Con el rostro un poco por debajo del suyo, Arlette le miró de hito en hito, susurrando suavemente:
—Eugène, Eugène. —Y, de pronto, la lívida inmovilidad de la cara del teniente la asustó—. No dices nada. Pareces enfermo. ¿Qué te ocurre? ¿Estás herido?