El pirata

El pirata

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Soltó sus manos insensibles y comenzó a tocarle en busca de alguna herida. Incluso le quitó el sombrero y lo tiró, en su premura por asegurarse de que no estaba herido en la cabeza. Al no encontrar daño alguno, adquirió la calma de una persona práctica y juiciosa. Le puso las manos alrededor del cuello y titubeó un poco. Brillaron sus pequeños dientes parejos, y sus ojos negros, inmensamente profundos, le miraron no con el rapto de la pasión o del miedo, sino con una especie de reposada satisfacción y con una expresión aprobadora y penetrante. Él regresó a la vida con una atolondrada exclamación en voz baja, sintiendo inmediatamente una horrible sensación de inseguridad, cual si se hallara en una elevada pinaza sobre el clamor de unas olas rompientes en sus oídos, y con el temor de que los dedos de Arlette le soltaran y ella cayera, perdiéndola para siempre. Le ciñó el talle con los brazos y la apretó contra su pecho. Así permanecieron largo, largo tiempo en un gran silencio, a la brillante luz de la luna que entraba por la ventana. El teniente dirigió su mirada a la cabeza que reposaba en su hombro. Arlette tenía los ojos cerrados y la expresión grave de su rostro manifestaba el deleite de una ensoñación infinitamente etérea, plácida y eterna, por decirlo de algún modo. La punzante dulzura de su encanto le atravesó el corazón. «Es preciosa. Esto es un milagro», pensó, con algo parecido al terror. «Es imposible».


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