El pirata
El pirata Ella hizo un movimiento para desembarazarse, a lo que él se negó instintivamente, apretándola más contra su pecho. Arlette cedió por un momento, y luego lo intentó de nuevo. Él accedió. La muchacha le puso las manos sobre los hombros, quedando a prudente distancia. El gracioso encanto de su rostro, tan serio de expresión como el de una mujer práctica y competente, sorprendió a Réal.
—Todo esto está muy bien —dijo ella con un tono expeditivo—. Debemos pensar cómo salir de aquí. No quiero decir ahora, en este momento —añadió, al sentir el ligero sobresalto del teniente—. Scevola está sediento de tu sangre. —Arlette retiró una mano para señalar con el dedo el muro interior de la habitación, y bajó la voz—. Ahí está, ya lo sabes. Tampoco confíes en Peyrol. Os he estado viendo a los dos, ahí fuera. Ha cambiado. Ya no puedo confiar en él —su susurro se hizo penetrante—. Catherine y él se comportan de una manera muy rara. No sé lo que les ha pasado. Él no me dirige la palabra. Me da la espalda cuando me siento junto a él…
El estremecimiento de Réal bajo sus manos hizo que Arlette se interrumpiera, solícita, y dijera: