El pirata

El pirata

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—Estás cansado —Réal no se movió, y ella le condujo a una silla, le acomodó en ella y se sentó en el suelo, a sus pies, apoyando la cabeza sobre sus rodillas y reteniendo una de sus manos. No pudo impedir que se le escapara un suspiro—. Sabía que esto iba a ocurrir —dijo en voz muy baja—. Pero me ha cogido por sorpresa.

—Sabías que iba a ocurrir —repitió él, con voz tenue.

—¡Sí! Recé por ello. ¿Alguna vez rezó alguien por ti, Eugène? —preguntó Arlette, deleitándose en la pronunciación de su nombre.

—No, desde que era un niño —respondió Réal en un tono sombrío.

—¡Oh, sí! Hoy he rezado por ti. Bajé a la iglesia… —Réal casi no daba crédito a lo que oía—. El abbé me permitió entrar por la puerta de la sacristía. Me dijo que renunciara al mundo. Por ti hubiera renunciado a todo.

Volviendo el rostro hacia la parte más oscura de la habitación, Réal pareció ver el espectro de la fatalidad aguardando el momento de avanzar y aniquilar aquella felicidad serena y confiada. Rechazó aquella espantosa visión, alzó la mano de Arlette hasta sus labios para besarla prolongadamente, y preguntó:

—Así que ¿sabías lo que iba a ocurrir? ¿Todo? Sí. Y ¿qué pensabas de mí?


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