El pirata
El pirata Ella apretó fuertemente la mano que aún no habÃa soltado.
—Esto.
—Pero ¿qué pensabas de mi comportamiento en ocasiones? Yo no sabÃa lo que iba a ocurrir. Yo… Yo tenÃa miedo —añadió él, entrecortadamente.
—¿Comportamiento? ¿Qué comportamiento? VenÃas y te ibas. Cuando no estabas aquÃ, yo pensaba en ti, y cuando estabas aquà podÃa verte a mi antojo. Te digo que sabÃa cómo iban a pasar las cosas. Por eso no tenÃa miedo.
—Te movÃas con una suave sonrisa —murmuró el teniente, como si mencionara una inconcebible maravilla.
—Estaba arrebatada y tranquila —murmuró Arlette, como si se encontrara en las fronteras de un sueño. Sus labios desgranaron unos tiernos murmullos que describÃan un estado de dichoso sosiego en frases cuyo sentido no podÃa ser más absurdo, increÃble, convincente y sedante para Réal—. Era algo perfecto. Tu cercanÃa lograba que todo pareciera diferente.
—¿Diferente? ¿Qué quieres decir?
—Todo era distinto entonces. ¡La luz, las mismas piedras de la casa, las colinas, las florecillas entre las rocas! ¡Hasta Nanette era distinta!
Nanette era una gata blanca de Angora de largo pelo sedoso, que estaba casi siempre en el patio.