El pirata
El pirata —¡Oh, hasta Nanette era diferente! —dijo Real, cuyo deleite en las modulaciones de aquella voz lo habÃa desvinculado de toda realidad e incluso de la conciencia de sà mismo, mientras se inclinaba sobre la cabeza que reposaba en sus rodillas, y su único contacto con el mundo se reducÃa al cálido apretón de la mano que lo retenÃa.
—SÃ. Estaba mucho más hermosa. Pero la gente… —Arlette se interrumpió con un tono incierto. La ola de encanto pareció haber alcanzado su punto más alto, e iniciar un reflujo más rápido que el del mar al abandonar las lúgubres extensiones de arena.
—¿Qué gente? —preguntó Réal.
—Han cambiado tanto. Escucha. Esta noche, mientras estabas fuera, ¿por qué te fuiste?, sorprendà a ambos en la cocina, sin cruzar palabra entre ellos. Ese Peyrol… es terrible.
La profunda convicción de su terror causó en Réal una tremenda impresión. No podÃa saber que la mera aparición de Peyrol en Escampobar, imprevista, inesperada, inexplicable, habÃa significado para ella una sacudida fÃsica e incluso moral de tal Ãndole, que la inmensa figura del pirata, como un mensajero de lo desconocido en la soledad de Escampobar, se habÃa configurado a sus ojos como algo inmensamente fuerte, con un inagotable poder, siempre invencible y sin que la afectara la familiaridad.