El pirata

El pirata

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—Cuando nos vinimos arriba, esta tarde, yo me tumbé vestida en mi cama, y ella se sentó en la suya. La vela estaba apagada, pero podía verla bien a la luz de la luna, con las manos en el regazo. Cuando ya no pude aguantar más, me levanté, simplemente, y salí de la habitación. Ella seguía sentada al pie de su cama. Todo lo que hice fue ponerme el dedo en los labios, y ella dejó caer entonces la cabeza. Creo que no llegué a cerrar la puerta. Apriétame más fuerte, Eugène. Estoy cansada… Qué raro, ¿verdad? Hace mucho tiempo, antes de verte por primera vez, nunca descansaba y nunca me sentía cansada.

Interrumpió súbitamente su murmullo y levantó un dedo reclamando silencio. Arlette escuchó y Réal también lo hizo, sin saber para qué; y en esa súbita concentración en un punto, todo lo que había ocurrido desde que entrara en la habitación comenzó a parecerle un sueño por su improbabilidad y por esa fuerza que hace a los sueños más fuertes aún que la vida en su inconsecuencia. Incluso la mujer que se abandonaba a sus brazos le parecía tan ligera como lo hubiera sido en un sueño.

—Ahí está —dijo de pronto Arlette en un suspiro, poniéndose de puntillas para alcanzar el oído de Eugène—. Ha debido oírte pasar.

—¿Dónde está? —quiso saber Réal, con un sigilo igualmente intenso.


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