El pirata
El pirata —Al otro lado de la puerta. Ha debido oÃr el murmullo de nuestras voces —susurró Arlette, junto a su oÃdo, como si le estuviera narrando una atrocidad—. Un dÃa me dijo que yo era una de esas mujeres que no está destinada a los brazos de hombre alguno.
Al oÃr esto Réal la rodeó con su otro brazo, mirando fijamente a sus ojos engrandecidos como por el miedo. Ella le abrazó con todas sus fuerzas y asà estuvieron largo rato, con los labios unidos sin besarse y sin respirar en la intimidad de su contacto. A Réal le pareció que aquel sosiego se extendÃa hasta los lÃmites del universo. El pensamiento «¿voy a morir?» relampagueó en ese sosiego y se perdió en él como una centella en la noche indeclinable. El único resultado de aquello fue que abrazó aún más estrechamente a Arlette.
Una voz vieja e incierta pronunció la palabra:
—Arlette.
Catherine, que habÃa estado escuchando sus murmullos, no pudo soportar el prolongado silencio. La pareja oyó los trémulos tonos de su voz tan nÃtidamente como si se encontrara en la habitación. Réal sintió como si aquello le hubiera salvado la vida. Se separaron en silencio.
—Vete —dijo Arlette.
—Arl…
—Cállate —dijo la joven, un poco más alto—. No tienes nada que hacer aquÃ.