El pirata
El pirata —Arlette —dijo de nuevo la voz al otro lado de la puerta, trémula e imperiosa.
—Va a despertar a Scevola —dijo Arlette a Réal, y ambos se quedaron a la escucha de unos sonidos que no se produjeron. Arlette señaló con el dedo a la pared—. Está ahÃ, ¿sabes?
—Está dormido —murmuró Réal, en cuya mente se formuló un pensamiento, «estoy perdido», que nada tenÃa que ver con Scevola.
—Tiene miedo —dijo Arlette en voz baja y despectiva—, pero eso no significa nada. Puede temblar de miedo un instante, y al siguiente estar dispuesto a matar a alguien.
Muy poco a poco, como empujados por la irresistible autoridad de la anciana, se habÃan ido acercando a la puerta. Con la súbita lucidez de la pasión, Réal pensó: «Si Arlette no se va ahora, no tendré fuerzas para abandonarla mañana». Ante sus ojos no se cernÃa la imagen de la muerte, sino la de una prolongada e intolerable separación. Del otro lado de la puerta llegó un suspiro rayano en el sollozo que impregnó el ambiente de un profundo dolor contra el que no prevalecerÃan llaves ni candados.
—Es mejor que vayas con ella —susurró Réal con voz penetrante.