El pirata
El pirata —Claro que iré —dijo Arlette con una cierta emoción—. Pobre viejecita. Ella y yo somos todo lo que ambas tenemos en el mundo, pero yo soy la hija aquÃ, y ella ha de hacer lo que yo diga. Ahora mismo voy —dijo claramente con una mano en el hombro de Réal y la boca pegada a la puerta—. Vuelve a tu habitación y espérame —añadió como si no tuviera duda alguna de ser obedecida.
Se hizo un profundo silencio. Quizás Catherine se habÃa ido ya, pero Arlette y Réal permanecieron inmóviles durante todo un minuto, cual si se hubieran quedado de piedra.
—Ve ahora —dijo Réal con voz ronca y casi inaudible.
Ella le dio un rápido beso en los labios y ambos quedaron de nuevo como una pareja de amantes inmovilizada por un ensalmo.
«Si ella se queda —pensó Réal—, jamás tendré el coraje de partir, y entonces tendré que saltarme la tapa de los sesos». Pero cuando al fin se movió, él la retuvo como si se tratara de su propia vida. Cuando la soltó, le espantó oÃrla reÃr su Ãntimo regocijo.
—¿De qué te rÃes? —le preguntó, en tono asustado.
Ella se detuvo para responderle por encima del hombro.