El pirata

El pirata

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Ella no le escuchaba. El filo de sus blancos dientes iguales presionaba su labio inferior, y sus ojos no descansaban nunca. Peyrol recordó súbitamente al sans-culotte, el bebedor de sangre. ¿Era posible que él fuese su marido?… Bueno, quizá fuese posible. No lo podía asegurar, y eso le hizo sentirse profundamente incompetente. En cuanto a atrapar su mirada, hubiera sido como intentar coger con las manos una ave marina salvaje. Toda ella era una ave marina: imposible de asir. Pero Peyrol sabía ser paciente, con esa paciencia que tantas veces resulta una forma del coraje. Se le conocía por eso y le había venido muy bien en varias situaciones peligrosas. Una vez llegó a salvarle la vida. Pocas cosas como la paciencia. Podía esperar. Y esperó. Y súbitamente, como amansada por su paciencia, aquella extraña criatura bajó los párpados, avanzó hasta ponerse junto a él y comenzó a juguetear con la solapa de su casaca como podría haberlo hecho un niño pequeño. Peyrol se quedó con la boca abierta por la sorpresa, pero permaneció inmóvil, dispuesto incluso a dejar de respirar. Se sentía embargado por una suave emoción indefinida, y no tuvo que forzar una sonrisa al ver cómo las negras pestañas de la chiquilla reposaban como sombras sobre sus pálidas mejillas. Pasado el primer momento, dejó de sentirse sorprendido. Sólo le había alarmado el movimiento súbito, no la naturaleza de la acción misma.


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