El pirata
El pirata El hábito, común a todos los marinos, de no sorprenderse ante nada de lo que pueda ocurrir en tierra o mar, se habÃa convertido en Peyrol en una segunda naturaleza. Habituado desde la niñez a prescindir de todo signo de admiración ante los más extraordinarios acontecimientos, la gente más extraña, las más extrañas costumbres y los más inquietantes fenómenos de la naturaleza (como, por ejemplo, los que ponÃan de manifiesto la violencia de los volcanes o la furia de los seres humanos), Peyrol se habÃa convertido en un hombre indiferente 0, quizá, sólo extremadamente inexpresivo. HabÃa visto tantas cosas extravagantes o atroces y habÃa oÃdo tantas historias pasmosas, que su reacción mental ante una nueva experiencia se formulaba, por lo general, en los términos J’en ai vu bien d’autres. El último incidente ante el que se habÃa visto tocado por el pánico de lo sobrenatural fue la muerte, bajo un montón de harapos, de aquella mujer demacrada y vigorosa que habÃa sido su madre; y lo último en sobrecogerle casi el ánimo, cuando tenÃa doce años, con otro tipo de terror, fue el fragor tumultuoso de la muchedumbre en los muelles de Marsella, algo absolutamente inimaginable que le impulsó a refugiarse tras un rimero de sacos de trigo apenas puso pie en tierra después de huir de la tartana. Allà se quedó, temblando, hasta que un hombre con sombrero de tres picos y sable a la cintura (el muchacho no habÃa visto tal sombrero ni tal sable en su vida) le sacó de su escondrijo arrastrándole por el sobaco; un hombre que podÃa haber sido un ogro (aunque Peyrol no habÃa oÃdo nunca hablar de un ogro), pero que, en cualquier caso y por sus propios méritos, resultaba más inquietante y maravilloso que todo lo que el chiquillo hubiera podido imaginar, si la facultad de la imaginación se hubiera visto desarrollada en él. Todo aquello era, sin duda, suficiente para morir de miedo, pero esa posibilidad no se le ocurrió jamás. Ni se murió ni se volvió loco. Como era sólo un niño, se adaptó en veinticuatro horas a las nuevas e inexplicables condiciones de la vida, aceptándolas con la más pasiva aquiescencia. Después de una iniciación de tal Ãndole, el resto de su vida, desde los peces voladores a las ballenas, y de ahà a los negros y los arrecifes de coral, a las cubiertas encharcadas en sangre y a la sed en alta mar, podÃa considerarse como una navegación viento en popa. Asà que cuando llegó a la época en que, por boca de los marinos y viajeros y por las revistas atrasadas que llegaban de Europa, oyó hablar de la Revolución en Francia y de ciertos principios inmortales que llevaban a la muerte a un buen número de personas, se hallaba ya preparado para apreciar a su manera la historia contemporánea. Fue testigo, también, de un par de motines, y vio echar a los oficiales por la borda, y en cada ocasión estaba de un lado diferente. En este caso no tomó partido por una u otra facción. El problema le venÃa demasiado grande y le parecÃa demasiado remoto como para poder discernirlo con claridad. Pero dominó el argot revolucionario con la suficiente rapidez como para utilizarlo de vez en cuando, y no sin un secreto desdén. Todos los avatares sufridos, desde el maleficio de una enloquecida pasión por una muchacha amarilla hasta la traición de un amigo y camarada (y Peyrol hubo de admitir su incapacidad para comprender tanto lo uno como lo otro), unidos a una variada gama de experiencias en cuanto a los hombres y sus pasiones, conformaron en Peyrol un punto de desprecio universal que actuó siempre como un maravilloso sedante en la extraña mezcla que constituÃa lo que podrÃa llamarse su alma.
