El pirata
El pirata El otro contestó con un «Salut» mucho más desfallecido, y se quedó mirando al extranjero del que le acababan de hablar. Sus ojos, almendrados y dulces, poseían un brillo notable, así como, hasta cierto punto, la piel de sus pómulos, bien marcados aunque no huesudos, que parecían una máscara roja rodeada de un pelo color castaño que crecía tan espeso y cercano a los labios como para ocultar el dibujo de la boca que, por lo que Peyrol sabía, debía ser de una tremenda ferocidad. Una frente preocupada y una nariz perpendicular sugerían la austeridad adecuada a un ardiente patriota. Llevaba en la mano un cuchillo largo y brillante, que abandonó inmediatamente en una mesa. Robusto y de mediana estatura, algo escaso de aplomo en su porte, no parecía tener más de treinta años. La línea de los hombros sugería algo cercano a la desilusión, y aunque el efecto era sutil, Peyrol se percató de ello mientras le explicaba las circunstancias de su caso, a las que puso punto final declarando que era un marino al servicio de la República y que siempre había sabido cumplir con su deber frente al enemigo.
El bebedor de sangre le había escuchado atentamente. El alto arco de las cejas le prestaba una expresión asombrada. Después se acercó a la mesa y habló con voz temblorosa.