El pirata
El pirata Arlette, estimulada por la breve aparición de Réal en la puerta de la cocina, que para ella había sido como la visión de un hombre perdido llamándola para seguirle al fin del mundo, se había deshecho de los delgados y huesudos brazos de la anciana, incapaces de contender con el ánimo de su cuerpo y la fiereza de su espíritu. Luego había corrido directamente al mirador, aunque nada había que la condujera allí, excepto un ciego impulso de buscar a Réal dondequiera que se hallara. Él no se percató de su presencia hasta que ella le cogió de un brazo con una precipitación, una energía y una determinación inaccesibles para cualquier mente confundida. Y el teniente se sintió poseído de una manera tal, que anuló todos los escrúpulos de su pecho. Cogiéndose al tronco del árbol, ciñó con el otro brazo su cintura, y cuando ella le confesó ignorar por qué le había seguido hasta allí, pero que de no haberlo encontrado se habría dejado caer por el precipicio, él la apretó contra sí con un súbito regocijo, como si ella fuera un presente largo tiempo deseado, en vez de un obstáculo para su pedante imaginación. Y así regresaron, juntos, hacia las casas que les aguardaban, sin vida, bajo la luz menguante, con los muros oscurecidos por la lluvia y las grandes vertientes de los tejados centelleantes y siniestras bajo la alada desolación de las nubes. Catherine oyó desde la cocina sus pasos, y esperó su llegada, rígida en el sillón de alto respaldo. Arlette rodeó con sus brazos el cuello de la anciana, y Réal se quedó a un lado, mirando. Los pensamientos se precipitaron a través de su mente y se desvanecieron ante la fuerte sensación de la irrevocable naturaleza de lo que le ponía en manos de aquella mujer a la que, en el torbellino de sus impresiones, consideraba más cuerda que él mismo. Arlette pasó un brazo sobre los hombros de la anciana y besó la arrugada frente bajo la blanca banda de lino que, en la erguida cabeza, tenía el efecto de una rústica diadema.