El pirata

El pirata

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—Mañana bajaremos a la iglesia usted y yo.

La austera dignidad del porte de Catherine pareció estremecerse ante la proposición de conducir hasta el Dios con el que había hecho las paces hacía mucho tiempo a aquella infeliz muchacha escogida para compartir la culpa por los indescriptibles e impíos horrores que habían oscurecido su mente.

Inclinada aún sobre el rostro de su tía, Arlette extendió una mano hacia Réal, que, dando un paso adelante, la tomó en silencio.

—¡Oh, sí, tía! ¡Irás! —insistió Arlette—. Has de venir conmigo para rezar por Peyrol, a quien ya no veremos jamás.

Catherine dejó caer la cabeza, asintiendo o lamentándolo, y Réal sintió una inesperada y profunda emoción, pues él también estaba convencido de que ninguna de las tres personas de la granja vería a Peyrol de nuevo. Era como si el pirata de los anchos mares les hubiera abandonado a sí mismos, en un súbito impulso de desdén, de magnanimidad, de pasión cansada de sí misma. Fuera como fuese, Real estaba dispuesto a apretar eternamente contra su pecho a aquella mujer tocada por la mano sangrienta de la Revolución, pues ella, cuyos pies habían hollado los terrores de la muerte, le brindaba el sentido de una vida triunfante.


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