El pirata
El pirata —Traiga un vaso, citoyen —dijo Peyrol, después de una breve pausa—, y bebamos juntos. Beberemos por la vergüenza de los traidores. Detesto la traición tanto como cualquier otro, pero… —Aguardó a que el otro regresara, sirvió el vino, y una vez que entrechocaron y medio vaciaron los vasos, puso el suyo sobre la mesa, y continuó—: pero no tengo nada que ver con su polÃtica. Yo me encontraba al otro lado del mundo, asà que no puede usted tomarme por traidor. Ustedes los sans-culottes, acababan aquà con los enemigos de la República, y yo los mataba en el extranjero. Ustedes les cortaban la cabeza sin demasiados escrúpulos…
El otro cerró inesperadamente los ojos, y después los abrió como platos.
—SÃ, sà —dijo en voz muy baja—. La piedad puede ser un crimen.
—SÃ. Golpeé en la cabeza a los enemigos de la República, sin preocuparme de su número, siempre que se me pusieron delante. Me parece que usted y yo deberÃamos entendemos bien.