El pirata
El pirata El patrón de la granja de Escampobar murmuró que, sin embargo, nada podía tomarse como prueba positiva en los tiempos que corrían. A todo patriota le incumbía la tarea de abrigar la sospecha en su corazón. Peyrol no se permitió manifestar signo alguno de impaciencia. El autodominio y el sentido del humor con los que había sabido llevar la conversación tuvieron su recompensa. El ciudadano Scevola Bron (que tal resultó ser el nombre del patrón de la granja), objeto de miedo y disgusto para los habitantes de la península de Giens, pareció plegarse al deseo de tener alguien con quien cambiar unas pocas palabras de vez en cuando. Ningún aldeano subía hasta la granja, ni era probable que lo hiciera a no ser en grupo y con intenciones hostiles. La presencia de aquel hombre en sus dominios les causaba un hosco resentimiento.
—¿De dónde viene usted? —Fue la última pregunta del patrón.
—Abandoné Tolón hace dos días.
El ciudadano Scevola tuvo entonces un momentáneo arranque de vigor, golpeando la mesa con el puño.
—Y ésa es la ciudad de la que, por decreto, no había de quedar piedra sobre piedra —se lamentó, con acento deprimido.