El pirata
El pirata —La mayorÃa se mantiene aún en pie —le aseguró Peyrol, tranquilamente—. Ignoro si se merecÃa el destino que me dice le fue decretado. Pasé allà casi todo el mes pasado, y sé que algunos de sus habitantes son buenos patriotas.
Y mencionó unos cuantos nombres ante los que el aislado sans-culotte esgrimió una amarga sonrisa y un silencio ominoso, como si aquellos a quienes correspondÃan fueran únicamente adecuados para el cadalso y la guillotina.
—Venga y le mostraré el lugar donde dormirá —dijo con un suspiro.
Esto era lo único que Peyrol necesitaba para ponerse en pie. Entraron juntos en la cocina, en cuyo suelo de losas el sol que entraba por la puerta de atrás dibujaba un amplio rectángulo. Fuera podÃa verse un tropel de pollos al acecho, mientras que una gallina amarilla, apostada en el umbral mismo de la puerta, lanzaba afectadamente la cabeza a izquierda y derecha. Una vieja depositó sobre la mesa un cuenco lleno de restos de comida y se les quedó mirando. La amplitud y limpieza de la estancia impresionaron favorablemente a Peyrol.