El pirata
El pirata —Comerá aquí, con nosotros —dijo su guía, que, sin detenerse, pasó a través de un angosto pasillo que daba acceso a un empinado tramo de escalones. Desde el primer descansillo una escalera de caracol conducía a la parte de arriba de la granja. Cuando el sans-culotte abrió la sólida puerta en que acababa aquélla, mostró a Peyrol una espaciosa habitación de techo bajo, con una cama de cuatro columnas y dosel, sobre la que se apilaban unas mantas dobladas y unas cuantas almohadas. También había una gran mesa ovalada y un par de sillas de madera.
—Podríamos arreglarle esta habitación —dijo el patrón—, pero no sé lo que dirá la dueña, añadió.
Avisado por la peculiar expresión del rostro de su interlocutor, Peyrol volvió la cabeza y vio a la joven que estaba en la puerta. Fue como si hubiera llegado flotando tras ellos, pues ni el más mínimo paso o roce le había advertido de su presencia. El limpio cutis de sus blancas mejillas se veía realzado por sus labios de coral y por los bucles de su cabello negro como el ala de cuervo, parcialmente recogido en una cofia de muselina ribeteada de encaje. No se movió ni pronunció palabra, tal como si no hubiera nadie en la habitación. Peyrol apartó de repente sus ojos de aquel rostro mudo y desmayado, de mirada errabunda.