El pirata
El pirata De un modo u otro, sin embargo, el sans-culotte pareció descifrar la mente de la joven, pues, a manera de conclusión, dijo:
—Entonces, estamos todos de acuerdo. —Y se hizo un corto silencio durante el que la oscura mirada de la mujer recorrió una y otra vez la habitación, mientras en sus labios se dibujaba una media sonrisa, no tan distraída como totalmente sin motivo, que observada a hurtadillas por Peyrol, no le sirvió para sacar nada en limpio. No dio en absoluto muestras de conocerle.
—Aquí puede gozar de tres vistas al agua salada —subrayó el futuro posadero de Peyrol.
La granja era un edificio elevado, y aquel amplio ático y sus tres ventanas dominaban, por un lado, la rada de Hyères, recortada contra las azules ondulaciones que se extendían hasta un punto tan lejano como Fréjus, y por el otro, el vasto semicírculo de altas y yermas colinas, interrumpido por la entrada al puerto de Tolón, guardado por baterías y fortines, y la punta del cabo Cépet, una montaña achaparrada de oscuros repliegues sobre rocas marrones, con un punto blanco y brillante en la cima: un antiguo centro de peregrinaciones. Como si fuera una gema, la tersa superficie del mar parecía absorber el resplandor del mediodía en la invencible profundidad de su color.
—Es como estar en un faro —dijo Peyrol—. No es sitio para un marino.