El pirata

El pirata

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Las velas que salpicaban el horizonte alegraron su corazón. Las gentes de tierra adentro, con sus casas, sus animales y sus labores, no significaban nada para él, que sólo percibía la vida de cualquier costa extranjera a la vista de sus embarcaciones: canoas, catamaranes, praos, chalanas, simples piraguas e incluso las almadías de tronco con un pedazo de estera por toda vela, con las que los hombres de piel morena pescaban desnudos a lo largo de los blancos arenales calcinados por un cielo tropical de siniestro resplandor, y siempre con una nube preñada de tormentas agazapada en el horizonte. Pero ahora contemplaba una visión perfectamente serena, sin nada sombrío en la costa ni signo ominoso alguno en el resplandor del sol. El cielo reposaba suavemente sobre la línea vaga y distante de las colinas; todo parecía inmóvil y suspendido en el aire, como si de un milagro festivo se tratara. Varias tartanas descansaban en la calma chicha del Petite Passe, entre Porquerolles y cabo Esterel, sin que fuera el suyo el reposo de la muerte, sino el de un ligero sueño, la inmovilidad del hechizo risueño de un hermoso día en el Mediterráneo, a veces sin aliento pero jamás sin vida. Ninguno de los hechizos que Peyrol conociera en sus vagabundeos había sido tan remoto a cualquier idea de pugna y de muerte, tan impregnado de una dichosa seguridad ante la que todo su pasado se le aparecía como una sucesión de días cárdenos y noches sofocantes. Pensó que jamás desearía alejarse de ese lugar, como si oscuramente sintiera que allí era donde siempre habían estado las raíces de su alma de viejo pirata. Sí, aquel era el lugar adecuado para él, no porque se lo dictara la oportunidad, sino porque, al fin, había encontrado un hogar su instinto sedentario.


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