El pirata

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Al bajar la granjera los párpados, su vida pareció refugiarse en los labios de coral, intensos y de línea impecable. Dando por terminada la conversación con un ademán de desconcierto, Peyrol avanzó por el sendero sin mirar hacia atrás. Pero en cuanto dio la vuelta al recodo, se aproximó al mirador con un paso más lento. Era un terreno liso bajo la cumbre de la colina. La ladera era muy escarpada, hasta el punto de que un pino corto y robusto crecía apartándose oblicuamente del borde de la cortadura, que era de unos cincuenta pies más o menos. Lo primero que vieron los ojos de Peyrol fue el agua del Petite Passe con la enorme sombra de la isla de Porquerolles, que a aquella hora temprana oscurecía más de la mitad de la anchura del canal. No podía verlo todo entero, pero en la porción que su vista abarcaba no se divisaba barco alguno. El teniente, con el pecho apoyado contra el oblicuo pino, le habló con irritación.

—¡Agáchese! ¿Es que cree que los ingleses no tienen catalejos?

Peyrol obedeció sin pronunciar palabra, y durante un minuto más o menos ofreció la extravagante imagen de un campesino más bien voluminoso y de venerables rizos blancos arrastrándose a cuatro patas sin razón aparente. Cuando llegó al pino se incorporó sobre sus rodillas. El teniente, aplastado sobre el oblicuo tronco y con un catalejo de bolsillo ante sus ojos, se dirigió a él con un gruñido.


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