El pirata
El pirata Su reticencia respecto a su pasado era de las que desencadenan un montón de historias misteriosas. Las autoridades marítimas de Tolón tenían, sin duda, una idea menos confusa sobre el pasado de Peyrol, aunque no por eso necesariamente más exacta. En las diversas oficinas que hubo de visitar para cumplir con sus obligaciones, los pobres amanuenses y hasta algunos jefes le miraban con prevención al verle entrar o salir, muy pulcramente vestido y siempre con una porra que solía dejar a la puerta de aquellos despachos a los que le llamaban para entrevistarse con uno u otro funcionario de cordones dorados. Pero Peyrol, que se había cortado la coleta y se había relacionado con algunos destacados patriotas jacobinos, prestaba poca atención a las miradas y murmuraciones de la gente. La persona que más cerca estuvo de alterar su compostura fue cierto capitán de la Marina, con un parche sobre un ojo y un raído uniforme, que desempeñaba un trabajo administrativo en la Comandancia del Puerto. Levantando la mirada de los papeles que examinaba, ese oficial le comentó bruscamente:
—De hecho se ha pasado usted casi toda la vida rebañando los mares. Y sea lo que sea por lo que se haga pasar, usted ha tenido que ser, en un momento dado, un desertor de la Armada.
Las grandes mejillas del artillero Peyrol ni siquiera temblaron.