El pirata
El pirata Entretanto el Amelia se había visto remolcado hasta una media milla, más o menos, del cabo Esterel. El movimiento le había aproximado a los dos observadores de la colina, que hubieran podido ser vistos por los de la cubierta, de no haber sido por la copa del pino que les ocultaba. El teniente Réal, a horcajadas en lo más alto que podía del rugoso tronco, tenía toda la cubierta del navío al alcance del catalejo que asomaba entre las ramas.
—El capitán acaba de subir a cubierta —dijo súbitamente a Peyrol. Peyrol, sentado al pie del árbol, dejó pasar un largo rato sin contestar. Una cálida somnolencia se cernía sobre la tierra y parecía pesar sobre sus párpados. Pero en su interior el viejo pirata se sentía absolutamente despierto. Bajo la máscara de su inmovilidad, con los ojos semicerrados y las manos ociosamente entrelazadas, oía cómo el teniente, encaramado casi en lo alto del pino, contaba algo entre dientes.
—Uno, dos, tres —soltando después en voz alta un «¡Parbleu!», tras el que comenzó a descolgarse.
Peyrol se levantó para dejarle sitio, pero no pudo evitar preguntarle:
—¿Qué pasa ahora?
