El pirata
El pirata —Le diré lo que pasa —dijo excitadamente el otro. Tan pronto puso el pie en el suelo avanzó hacia Peyrol y, cuando estuvo junto a él, cruzó los brazos sobre el pecho—. Lo primero que hice fue contar los botes que estaban en el agua. No dejaron ni uno a bordo. Y al contarlos ahora me ha salido uno más de la cuenta. Asà que botaron uno anoche. Ignoro cómo me pasó desapercibido. Supongo que se incorporó a las lÃneas de remolque cuando yo me fijaba en las cubiertas. Pero yo estaba en lo cierto. Ese barco inglés destacó un bote —de repente tomó a Peyrol por los hombros—. Usted lo sabÃa. Le digo que lo sabÃa.
Agitado violentamente por los hombros, Peyrol levantó los ojos para fijarlos en el airado rostro a pocas pulgadas del suyo. En su cara no se pintó ni el miedo ni la vergüenza, sino una preocupada perplejidad y un obvio interés. Tranquilamente, se limitó a hablar en un tono sosegado.
—Doucement. Doucement.
El teniente desistió con un zarandeo final que no logró hacer tambalear al viejo Peyrol, quien, apenas se vio liberado, asumió un tono didáctico.