La aventura

La aventura

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—¡Sir Charles! ¡Sir Charles! ¡Aquí está el hombre! ¡Os aseguro que aquí está el hombre!

Del interior salió un rugido interrogante. Era como estar ante una jaula de leones.

Apareció gente, y desapareció, por delante de la puerta iluminada; en toda la fachada de la posada permanecían abiertas las ventanas, asomando por ellas infinidad de cabezas. Me apresuraba a montar mi caballo cuando el almirante salió a la escalinata. Alguien encendió una antorcha y el almirante se convirtió en una sólida y oscura figura, en cuyo capote brillaban los galones de oro. Estaba de pie muy estirado; tenía unas cortas patillas blancas y una gran nariz, cuya sombra alargaba notoriamente sobre su frente la luz ascendente; llevaba el cuello abierto y bajo el mentón aparecía una mata de pelo blanco; iba descubierto. Una tercera figura masculina, de rostro muy pálido, subía y bajaba la cabeza junto a su reluciente hombro izquierdo. No dejaba de decir:

—¿Qué? ¿Cómo?… ¿Ese hombre?

Parecía debatirse entre la más suprema satisfacción y el más violento enojo. Al final pudo expresarse.

—¡Tirarlo al agua!… eh… ¡Tirarlo al agua!

Hablaba con una especie de risita benévola; luego, elevando la voz, llamó:

—¡Tinsley! ¡Tinsley! ¿Dónde demonios está Tinsley?


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