La aventura

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Un agudo sonido nasal llegó desde la ventanilla del carruaje.

—¡Sir Charles! ¡Sir Charles! Que esta escena no tenga lugar en mi presencia, se lo ruego.

De pronto vi, a mitad de la escalera, subiendo con dificultad los escalones, una figura negra imposible de distinguir a primera vista a causa de su deformidad. Era David Macdonald. Después de sus últimos artículos comentando con terrible severidad el fracaso del ataque naval, se había escondido en alguna parte. De repente se me ocurrió que cambiaba constantemente de escondite. Al escapar de Spanish Town, bien sea en dirección a Kingston o hacia el valle, se había encontrado con el almirante y su grupo que regresaban del baile de los Topnambo. Es poco probable que fuese una coincidencia: todos se encontraron en la Posada del Transbordador. Pero no por eso resultó el asunto más agradable.

Sir Charles continuaba llamando a voces a Tinsley, su ayudante de campo, que en realidad era el hombre borracho de la carretilla. Cuando este detalle se supo, gracias a los gritos de los negros, él gruñó un «¡hummm!», se volvió al hombre que estaba a su lado y dijo:

—Oye, Oldham; échame una mano para tirar al agua a ese asqueroso.


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