La aventura
La aventura El clima caluroso de Jamaica hacía que fuese frecuente este tipo de cosas. Oldham dejó caer su vaso y protestó. Macdonald siguió subiendo los escalones silenciosa y enigmáticamente; ahora que iba a participar, mostró bastante coraje. Sin duda reconocía que, aunque el almirante hiciese el ridículo, no se atrevería a hacerlo detener en ayunas. No podía quedarse a ver cómo intimidaban a la desgraciada criatura. Al mismo tiempo, yo había decidido tajantemente identificarme con él.
—Sir Charles —grité impulsivamente—, supongo que no empleará usted la violencia con un tullido.
Entonces, repentinamente se pusieron todos en movimiento, mientras David Macdonald llegaba a lo alto de las escaleras. Se oyeron unos gritos, procedentes del interior del carruaje y del grupo de sirvientes negros. Vi cómo tres hombres se lanzaban sobre una cosa que parecía un gato escaldado. No podía permitir eso, pasara lo que pasase.
Subí apresuradamente los escalones, esperando poder hacerles recobrar el juicio. Lo que me impulsaba era un arrebato emotivo puramente convencional, yo no tenía nada que ver en aquello; no quería entrometerme, me sentía como un hombre que se dispusiese a separar a media docena de perros peleándose, demasiado grandes como para que la intervención resultase agradable.