La aventura
La aventura Cuando llegué a la cima, hubo una especie de riña poco decorosa y al final me encontré frente a un caballero mortalmente pálido que, desde su postura sedente, dijo entrecortadamente:
—¡Lo encerraré!… ¡Le juro que lo encerraré!…
Le ayudé a ponerse en pie, disculpándome, mientras que, detrás de mÃ, el almirante preguntaba insistentemente quién demonios era yo. El hombre a quien yo habÃa ayudado a levantarse retrocedió un poco y luego se volvió para mirarme. La luz iluminaba mi rostro cuando él se puso a gritar.
—Le conozco. Le conozco perfectamente. Usted es John Kemp. Lo detendré inmediatamente. Los papeles están en el birlocho.
Después de eso, se le metió en la cabeza, al parecer, que yo iba a atacarle de nuevo. Salió disparado y yo me quedé cara a cara con el almirante. Me miró a los ojos con desprecio. Con la cara bañada por el sudor, le reproché que hubiese atacado a un tullido.
—¡Ah! —dijo el almirante—. ¿Es eso lo que usted piensa? Enseguida arreglaremos las cuentas. Esto es una sedición flagrante.