La aventura

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Miré a Oldham, que era el secretario del almirante. Iba extremadamente desaliñado en torno al cuello, como si un mono le hubiese arañado; la mitad del cuello vuelto flotaba sobre su pecho palpitante; la pechera negra le colgaba por atrás como una cola. Le había visto arrodillado en el suelo con la cabeza inmovilizada por la joroba.

—¿Por qué le han lanzado contra ese pobre diablo? —dije yo con altanería—. Eran tres contra uno. ¿Qué esperaban?

El almirante lanzó un juramento. Oldham empezó a enjugarse con un pañuelo de encaje el labio superior dañado, del que caía un reguero negro; incluso pareció llorar un poco. Finalmente, desapareció detrás de la puerta, bastante encorvado. El intrépido David salió tras él tranquilamente.

—Conozco la gente de su especie —dijo el almirante—. Es usted un perro traidor, señor. Esto es sedición. Servirá usted de ejemplo.

No obstante debía estar avergonzado de sí mismo, pues al poco rato él y los otros dos hombres bajaron los escalones sin ni siquiera mirarme y su carruaje se alejó.


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