La aventura

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Dentro de la posada encontré a una pareja de capitanes de la marina mercante; uno, dormido con la cabeza apoyada sobre la mesa y pequeños aros brillantes en sus grandes orejas rojas; el otro, bastante impecable… de esos que entonces llamaban «de la nueva escuela». Se apellidaba Williams… el capitán Williams del Lion, barco del que era propietario a medias. Era una persona que había alcanzado cierta notoriedad por las cenas que daba a bordo; en su rostro redondo y sonrosado centelleaban unos ojos azules también muy redondos. Se aferró a mi brazo efusivamente.

—¡Bien hecho! —farfulló—. Les dio su merecido; creo que lo logró. Me sentó bien ver y oír eso. No iba a meter las narices, ¡yo no! Pero le admiro, muchacho.

Era un hombre bastante franco que sentía una profunda aversión por las meteduras de pata del almirante (aversión que compartía toda la gente de mar) y por los individuos de la misma índole que Topnambo, que fingían estar por encima de sus cenas. Me aseguró que yo había caído sobre toda aquella gente rugiendo… «como el toro de Basán; deberían haberlo visto». Y se bebió un vaso de ponche a mi salud.

David Macdonald se reunió con nosotros, surgiendo entre espirales de humo de tabaco. Siempre era muy minucioso en el vestir y sus recientes abluciones le habían dado una frescura envidiable.


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