La aventura
La aventura Luego me contó que, a su llegada a Cuba, después de separarse de mí a bordo del Tbames, su tío, «a pesar de ciertas influencias», le había aceptado con absoluta naturalidad como heredero y futuro cabeza de familia. Pero Serafina, con la que debía haberse casado según las normas que rigen la conveniencia, le había rechazado tranquilamente.
—No le causé buena impresión; es tan romántica. Deseaba un hombre intrépido, un Cid, algo que no es fácil de encontrar.
Se detuvo de nuevo y me miró con una especie de desafío en los ojos.
—No podía haber encontrado a nadie mejor que tú —le dije.
Él hizo un ligero movimiento con la mano.
—Oh, en cuanto a eso —dijo con desprecio—… Además, me estoy muriendo. No me encuentro bien desde mi baño forzado en tu mar helada, después que dejamos a tu hermana. Acuérdate de cómo tosía a bordo de aquel miserable barco.
Lo recordaba muy bien.
Fue hasta la puerta interior, miró al interior y luego regresó a mi lado.