La aventura
La aventura —Serafina necesita un guÃa… alguien que la controle… alguien que sea muy fuerte y bondadoso, amable y valeroso. Mi tÃo no le pedirá nunca que se case en contra de su voluntad; es demasiado viejo y demasiado débil de carácter. Y cualquier hombre que se case con ella… excepto uno… correrá grandes peligros… por ella y por él. SerÃa preciso un hombre frÃo y valeroso, y también bueno, capaz de arriesgar, puede que incluso su vida, por el amor de ella. Algún dÃa ella será muy rica. Poseerá todas nuestras tierras, todas nuestras ciudades, todo nuestro oro —en su voz etérea habÃa toda una evocación de riquezas fabulosas—. Nunca me pertenecerán a mà —añadió—. Vaya.
Me miró con sus ojos penetrantes, adoptando una expresión que bien podÃa ser de amable burla. De todas formas, habÃa en sus ojos la intensidad de una mirada que escruta, y tal vez una ligera súplica. Suspiré a mi vez.
—Hay un hombre allà llamado O’Brien —dijo— que nos hace el honor de pretender la mano de mi prima.
Sentà una singular irritación.
—Pero no es español —dije yo.
—Oh, español no es —respondió Carlos en tono de burla—. Desciende de los reyes de Irlanda.