La aventura

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—Es un aventurero —dije yo—. Debes ponerte en guardia contra él. No conoces a esos trotapantanos[8], cazadores de dotes. Son la risa de toda Europa, incluyendo a los reyes.

Carlos volvió a sonreír.

—En todo caso es un hombre muy peligroso —dijo—. Yo no le aconsejaría a nadie que viniese a Río Medio, la ciudad de mi tío, sin hacerse amigo del señor O’Brien.

Una vez más se dirigió a la puerta interior y, después de cuchichear algunos instantes con alguien que estaba dentro, regresó a mi lado.

—Mi tío duerme todavía —dijo—. Debo retenerte un poco más. Ah, sí, el señor O’Brien. Se casará con mi prima, creo, cuando yo muera.

—Tú no conoces a esos tipos —dije yo.

—Oh, sí, los conozco muy bien —Carlos sonrió—. Hay muchos así en La Habana. Fueron allí después de lo que ellos llaman la crisis del 98, cuando hubo una gran rebelión en Irlanda y muchos buenos católicos encontraron la muerte o la ruina.

—Entonces es un rebelde y debe ser ahorcado —dije yo.

Carlos se rió como antaño.


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