La aventura
La aventura Tienen que recordar que yo no sabía nada en absoluto de aquel vasto mundo. Fuera de nuestra granja, yo nunca había ido más allá de la escuela de Canterbury, del mercado de Hythe y del de Romney. Nuestra granja estaba enclavada al pie de las empinadas lomas pardas, justo al lado de la calzada romana que conduce a Canterbury, la Ruta de Piedra, la Ruta, como la llamábamos. Las tierras de Ralph estaban justo al otro lado de la Ruta, y los pastores de las lomas solían ver por la noche a un Rooksby bien muerto y enterrado, un tal sir Peter, que la recorría a caballo, pasada la cantera, llevando su cabeza bajo el brazo. Supongo que yo no daba crédito a eso, pero sí creía firmemente en los contrabandistas que compartían la carretera con aquel horrible fantasma. Hoy en día es imposible imaginar el efecto que podían producir los contrabandistas sobre las vidas de aquella gente. Constituían el poder ante el cual se inclinaba todo el mundo. Solían invadir el país en grandes bandas y no soportaban que nadie se entrometiese en sus asuntos. Poco tiempo antes, habían desafiado a las tropas regulares en una batalla campal en los pantanos y, el mismo día en que me fui, recuerdo que no pudimos hacer el traslado porque los contrabandistas nos habían avisado que necesitarían nuestros caballos por la tarde. Eran toda una potencia en aquellas tierras, donde ¡bien sabe Dios que ya había suficiente violencia sin ellos! Dada nuestra situación en aquella Ruta, nos encontrábamos en medio de todo aquello. Al anochecer cerrábamos nuestras puertas, bajábamos las persianas, nos sentábamos en torno al fuego, sabiendo muy bien lo que pasaba fuera. Se escuchaban silbidos en la oscuridad y, si encontrábamos gente al acecho en nuestros graneros, fingíamos no verla… era más seguro. Los contrabandistas —librecambistas se llamaban a sí mismos— estaban organizados de tal manera que lo mismo ayudaban a los malhechores a abandonar el país que introducían mercancías en él. De modo que solíamos encontrar monederos falsos y falsificadores, asesinos y espías franceses, toda clase de malhechores, escondidos en nuestro pajar todo el día, esperando el toque de silbato en la Ruta al caer la noche. Nacido con el siglo, yo estaba familiarizado con estas cosas; pero mi madre me prohibió que me entrometiese. Supongo que estaba bien enterada de todo, al igual que la totalidad de la gente del país. Pero Ralph, aunque hasta cierto punto era de la nueva escuela y solía jactarse de que, llegado el caso, podría conseguir una orden de registro contra cualquier librecambista, en realidad nunca lo hizo, o al menos durante bastantes años.