La aventura
La aventura Entonces Carlos, el pariente español de Rooksby, había venido y se había ido, y yo envidiaba su marcha, envuelta en esa especie de misterio, en busca de remotas y anárquicas aventuras, tal vez allí en España, donde había guerra y rebelión. Poco después, Rooksby pidió la mano de Verónica y fue aceptado por mi madre. Verónica se esforzó por aparentar que era feliz. Eso me disgustó también. Parecía injusto que ella se fuese al vasto mundo —en Bath, en Brighton, vería al Príncipe Regente y los grandes combates de boxeo de Hounslow Heath— mientras que yo seguiría siendo para siempre el hijo de un granjero. Aquella tarde estaba yo en el piso superior, contemplando mi reflejo en el gran espejo y preguntándome con abatimiento por qué tenía semejante aspecto de zoquete.
La voz de Rooksby me llamó de pronto desde abajo.
—¡Eh, John!… John Kemp; baja, ¡vamos!
Me alejé del espejo como si me hubiesen sorprendido cometiendo una locura. Frente al portal, al pie de una angosta escalinata, Rooksby se daba golpecitos en la pierna con su vara.
Quería hablar conmigo, me dijo, y le seguí, atravesando el patio en dirección a la senda arenosa que sube a la colina hacia poniente. La tarde caía lenta y tristemente; ya había oscurecido en los rediles de las sombrías lomas.
Pasamos por una esquina del huerto.