La aventura
La aventura —Ya sé lo que quieres decirme —empecé yo—. Te vas a casar con Verónica. Bueno, no necesitas mi bendición. Hay gente con mucha suerte. Aquà estoy yo… ¡mÃrame!
Ralph caminaba con la cabeza baja.
—¡Maldita sea! —dije yo—. ¡Te aseguro que voy a embarcarme! ¡Aquà me estoy enmoheciendo! Ralph, te repito que me des la dirección de Carlos —le agarré del brazo—… Le seguiré. Me enseñará un poco la vida. Me dijo que lo harÃa.
Ralph estaba absorto en una especie de abstracción taciturna, mientras yo seguÃa incordiándole para que me diese la dirección de Carlos.
—Carlos es el único ser que conozco a más de ocho kilómetros de aquÃ. Además, tiene amigos en las Indias. Allà es donde quiero ir; él podrÃa echarme una mano. ¿Recuerdas lo que decÃa Tomás Castro?
Rooksby se interrumpió bruscamente y empezó a golpearse furiosamente las perneras de canutillo.
—Al diablo Carlos y también su Castro. Entre los dos acabarán por llevarme a la cárcel. Ambos están en mi granero rojo, si es que quieres su dirección…
Inmediatamente se apresuró a subir a la colina, mientras yo le contemplaba desde abajo. Cuando le alcancé, estaba en medio de la carretera, blasfemando —como solÃa hacerse entonces— y golpeando el suelo con el pie.