La aventura

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—¡Te digo —añadió con violencia— que es un maldito asunto! Ese tal Castro, con sus historias de Cuba, no es más que un condenado bucanero… Y Carlos no es mejor. Van a Liverpool, para luego embarcarse para Jamaica. ¡Veamos lo que sale de esto!

Parece ser que en los muelles de Liverpool, al crepúsculo, se encontraron con un viejo avaro recién llegado de las Indias Occidentales, el cual les preguntó la hora en la puerta de un consignatario de buques. Carlos saca un reloj y el viejo se abalanza sobre él, jurando que es suyo, que se lo habían robado unos corsarios años antes durante su viaje a aquellas tierras. Otro compinche suyo sale del consignatario y jura que Castro formaba parte de la mismísima tripulación. Incluso pretendía ser el capitán de dicho barco. Después, en el solitario crepúsculo, entre maromas y balas, hubo desde luego algún tipo de pelea a navaja, que acabó con la huida a Londres de Carlos y Castro, y desde allí al granero rojo de Rooksby, seguidos de cerca por los batidores[2].

—Piensa en ello —dijo Rooksby— y en mí, un juez… oh, ¡este juego del escondite me está volviendo loco! Y he aquí que hay un asqueroso embrollo con los librecambistas… un toque de silbato en la cantera después del anochecer. Precisamente esta noche, entre todas las noches, y que me ocurra a mí, un juez… ¡y casi un hombre casado!


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