La aventura
La aventura Le miré con asombro en medio de la oscuridad; el cuello de su capote casi ocultaba su rostro y llevaba el sombrero calado hasta los ojos. La cosa me parecÃa imposible. Era una aventura y me horrorizaba ver a Rooksby en un estado tan lastimoso por su causa.
—Escucha Ralph —dije—, yo ayudarÃa a Carlos.
—¿Tú? —dijo él irritado—. ¿Pretendes ponerte una soga al cuello? Eso es lo que ocurrirá. ¡Vaya! Pueden obligarme a abandonar el paÃs. Hay casacas rojas metiendo sus narices en todas las casas de campo a lo largo del camino a Ashford.
De nuevo siguió andando a zancadas. Un reguero de niebla descendÃa sigilosamente de la colina.
—No puedo abandonar a mi primo. PodrÃan llevárselo clandestinamente. Y entonces tendrÃa yo también que cruzar el agua salada durante un año por lo menos. Vaya…
ParecÃa dispuesto a tirarse de los pelos. Fue entonces cuando yo intervine. Sin embargo, pese a Verónica, él necesitaba un poco de persuasión.