La aventura
La aventura Dentro de media hora tendría que entrevistarme con Carlos Riego y Castro en un pequeño bosque de abetos que había más arriba de la cantera. Como contraseña no tenía más que silbar tres compases de Lillibullero[3]. Habíamos acordado encontrarnos con los librecambistas en el camino, junto a la cantera; ellos debían bajar esta noche, como bien sabíamos tanto Ralph como yo. Debían llegar a la fuerza de Canterbury, camino de los pantanos. Le había costado a Ralph su buen penique; pero, una vez en manos de los contrabandistas, su primo y Castro estarían a salvo de los batidores; para capturarlos sería preciso un escuadrón de caballería. La dificultad era que en los últimos tiempos los contrabandistas estaban desmoralizados. Corrían inquietantes rumores al respecto; y existía el peligro de que, si no tenían cuidado, Castro y Carlos podían acabar sus días en alguna zanja. Era deseable que alguien bien conocido de todos les acompañase hasta la orilla del mar. Allí, una barca debía llevarlos a la bahía, donde los recogería un barco con destino a las Indias Occidentales. A no ser por miedo a perder el cuello, cuyo valor se había incrementado a partir de su devoción por Verónica, Ralph habría acompañado a su primo. De hecho, le daba vueltas a la idea de dejarme ocupar su lugar. Finalmente lo decidió así; y yo me embarqué en una larga aventura.