La aventura
La aventura Entretanto dejé pasar los días ociosamente, preguntándome únicamente cómo podría arreglármelas para quedarme en La Habana y respirar el mismo aire que la chica que me había liberado. Puede que algún día nos encontremos… ¿quién sabe? No me asustaba ese irlandés.
Nunca se me ocurrió preocuparme por el rumbo que seguíamos, hasta que un día avistamos las costas de Cuba y oí a Lumsden y a Mercer pronunciar el nombre de Río Medio. Los dos ridículos tipejos hablaban de corsarios mexicanos, que al parecer se reunían en aquel lugar. Me señalaron un promontorio cerca de la bahía. Hasta donde alcanzaba la vista no había ni rastro de corsarios o piratas. Durante la maniobra para alcanzar una posición de barlovento nos ceñimos a la costa, luego amainó el viento.
Permanecí inmóvil casi toda la noche, apoyado en la batayola contemplando la tierra. No se veía ni una sola luz. Una melancólica y soñadora nostalgia, una serena nostalgia, se apoderó de mí como si estuviese drogado. Soñé, como sueñan los jóvenes, con el rostro de una chica. Aparecía dormida en medio de aquella lejana visión de la tierra. Tal vez se encontraba tan cerca que yo estaba a punto de aproximarme a ella. Sentí una pena en la que no había demasiado sufrimiento. Un gran silencio reinaba alrededor del barco, sobre toda la tierra. Finalmente me fui abajo y me quedé dormido.