La aventura

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El pobre Cowper gimió. Si los rumores eran ciertos, había algo horrible en la reputación de Nikola el Demonio para asustar a un hombre que tenía bajo su protección a varias mujeres.

Cinco o seis bandidos esperaban de pie junto a Lumsden, el comandante y yo mismo, con un dedo en el cerrojo de sus armas. Librándose de su vigilante, el pobre Cowper iba y venía por la toldilla; aunque el pirata le mantenía cruelmente a distancia de la chupeta de la escala. El comandante quería bajar; la chica estaba gritando en el camarote de proa: podíamos oírla muy claramente. La escena era más bien horrorosa. Castro se había unido al grupo de canallas cerca de la escotilla. Fue entonces cuando me di cuenta de que el comandante Cowper deliraba a causa de su recelo y furor; me pareció recordar al fin que durante un buen rato le había oído gemir en alguna parte no muy lejos de mí. No dejaba de decir:

—Oh, por el amor de Dios… por el amor de Dios… mi pobre esposa.

Comprendí que debía estar pidiéndome que hiciese algo.

La idea me sobresaltó. Presentía vagamente el objeto de sus temores. Hasta entonces no había imaginado que nadie pudiera interesarse en la señora Cowper.

Me agarró del brazo, como si necesitase apoyo, y farfulló:


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