La aventura
La aventura —¿No podrÃa usted… no podrÃa hablarle a…? —señalaba con la cabeza en dirección a Tomás Castro, que se inclinaba sobre la escotilla para dar instrucciones—. Pruebe a —dijo con voz entrecortada—… ¿No ha oÃdo gritar a la niña?
Su rostro estaba pálido y arrugado, como un trozo de papel estrujado; tenÃa la boca desencajada y los labios le temblaban.
Me acerqué a Castro y le cogà del brazo. El se dio la vuelta y me sonrió discretamente.
—Vamos a emplear directamente la fuerza con usted. Por favor, resista, señor, pero no demasiado. ¿Qué? ¿Su esposa? DÃgale a ese estúpido inglés con patillas que ella está a salvo —susurró, mostrando en su semblante una total comprensión—. Estaremos listos en cuanto esos puercos hayan terminado con su rapiña. Yo no puedo detenerlos —añadió.