La aventura
La aventura No tuve tiempo de pararme a pensar en lo que quiso decir. Mientras los gritos de la niña resonaban cada vez más altos, me apresuré a bajar. Había una pareja de hombres en el camarote con las mujeres. La señora Cowper estaba recostada en un sofá, el rostro demacrado y muy pálido, los ojos abiertos de par en par. Con sus manos inútiles daba tirones a su vestido; aparte de eso, permanecía completamente inmóvil. La nodriza negra jadeaba convulsivamente en un rincón… un bulto palpitante vestido de blanco, naranja y púrpura. La niña daba vueltas, corriendo y gritando. Los dos hombres no hacían absolutamente nada. Uno de ellos no dejaba de decir en español:
—Únicamente queremos sus anillos. Sólo queremos eso.
El otro hacía débiles esfuerzos para atrapar a la niña cuando pasaba corriendo a su lado. Quería sus pendientes… supongo que, para ellos, era contrabando de guerra.
La señora Cowper estaba petrificada de terror. Explicar los deseos de aquellos dos hombres era como gritarle cosas al oído a una mujer completamente sorda.
—¿Se irán entonces? —repetía ella, mientras se quitaba los anillos de sus dedos delgados y me los entregaba a mí—. ¿Se irán entonces?