La aventura

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Yo se los di a los rufianes, cuya presencia parecía aterrorizarla hasta hacerle perder el juicio. No tuve más remedio. No podía hacer otra cosa. Entonces le pregunté si quería que me quedase con ella y la niña. Ella me dijo:

—Sí. No. Márchese. Sí. No… déjeme pensar.

Finalmente se me pasó por la cabeza que en el camarote del capitán ella podría hablar con su marido a través del ventilador de cubierta y, al cabo de un rato, la idea acabó por penetrar en su cerebro. La mujer apenas podía andar. La niña y la nodriza corrían delante de nosotros y prácticamente la tuve que llevar en mis brazos. Una vez en el camarote, trató de soltarse de mis brazos y, echándome a empujones, cerró la puerta de golpe en mis narices. Parecía odiarme.








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